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La partida de un luchador.

Hace cuatro años llegó a mi casa y se instaló en un rincón del jardín, junto a la reja de entrada,  con una pierna inflamada, un pedazo de piel faltante sobre el ojo, varios dientes y muelas de menos y una nariz de boxeador que ya no perdería más.

Tenía talante insolente y no se amilanó cuando me asomé en su escondite después que mi hermano me advirtiera de su presencia,  para darle un poco de comida y agua, tan sólo me miró y me dedicó un maullido. En los días siguientes comenzó a acercarse por sí solo al plato e incluso dejó que examinara sus heridas.

 Cuando logré llevarlo a la veterinaria hervía en fiebre y estuvo a punto de pasar a la otra vida. La doctora encontró el origen de su mal: tenía marcas de dientes en su muslo; lo habían agarrado los perros y habían hecho turumba con él. Pero sobrevivió.
Un mes y medio encerrado en el garage, el único lugar en que podía mantenerlo, dándole sus remedios y procurándole cariño, selló nuestra relación. Yo lo adopté a él y él me adoptó a mí. Lo llamé Rucio, por su pelaje amarillo anaranjado, y él aceptó.
Siempre he criado gatos (de hecho tengo otros tres, razón por la cual el garage se convirtió en el dormitorio de Rucio) pero, sin duda, éste reclamó un lugar especial en mi corazón. Era un luchador, un gato valiente que no le tenía el menor respeto a los caninos y, al mismo tiempo, la creatura más tierna, agradecida y amorosa del mundo. Un "flaite" con corazón de oro.



Como era gato mayor, con edad indefinible, quise respetar su naturaleza. Se convirtió en el rey del patio y espantó a cuanto gato extranjero intentaba cruzarlo. Me dejaba con el corazón en la mano cuando no llegaba a dormir. Hasta que ocurrió que volvió a ser víctima de unos perros y le fracturaron la cadera. Otro mes y medio inmovilizado en el garage. Luego de eso, mi respeto por su naturaleza se fue a la porra y lo mandé castrar. Se calmó pero no dejó su carácter aguerrido.  Igualmente siguió siendo el rey del patio, enamorado hasta el tuétano de mi gata Kitty. Le costaba caminar y dar saltos, pero aún así porfiaba en conseguir lo que se le venía en mente. Daba vueltas y vueltas alrededor de la mesa del comedor minutos enteros, buscando la manera de subir y ver qué había de bueno sobre ella, hasta que lograba a duras penas encaramarse en alguna silla. Era un cavernícola. Nunca dejó por completo sus costumbres de sobreviviente de la calle. Robaba alimento de donde pudiese a pesar de que en mi casa tenía tres comidas diarias más leche en el desayuno (diluida por supuesto) y sopa, que le encantaba, en la cena. Alucinaba con los ajos, los pimentones y el apio. De hecho, se robaba los ramitos de apio de mi tazón cuando me tomaba mi agüita después de almuerzo. Ese era mi gato.




Hace tres semanas, de golpe y porrazo, se deshidrató y fue incapaz de caminar. Le diagnosticaron leucemia felina. No nos dimos cuenta antes, por una parte, porque la fractura de la cadera lo desmejoró bastante y, por otra, porque nunca se quejó ni dejó de comer. El caso es que me advirtieron que no me hiciera muchas esperanzas, que en estos casos lo que se hace es paliar los síntomas solamente, no hay remedio. Aun así y conociendo a mi gato, yo estaba segura de que saldría adelante y así fue en un principio. Se le puso en tratamiento, hubo de aplicársele suero en dos ocasiones, mantenerlo con pañales, y repuntó. Días después, sin embargo, se debilitó, volvió a los pañales, lo único que quería era dormir. Las deposiciones aparecían en el pañal sin digerir. Tuve que llevarlo a la consulta de nuevo, esta vez consciente de que la realidad no era muy promisoria. Con todo el dolor de mi alma, conversé con la doctora, quien amó al Rucio desde la primera vez que lo atendió, sobre la posibilidad de ponerlo a dormir. Era jueves 17 de septiembre.  No fui capaz de hacerlo ese día. Quedamos en que me despediría ese fin de semana, Fiestas Patrias en Chile,  tiempo suficiente para que mi familia pudiese darle también el último adiós.  Me lo llevé de regreso a casa, estable, pero después de tomar unos sorbos de la sopa que tanto le gustaba y que se me había autorizado a darle, ya no quiso comer más. Se acurrucó a dormir en su camita, que estaba sobre la mía, y nos quedamos los dos, uno junto al otro, mi mano sosteniéndole la suya. Se fue a la 1:15 de la madrugada del 18 de septiembre.

Me dicen, y sé que es así, que se fue rápido, prácticamente sin sufrir, que ahora está mejor, esperándome en la casa que mi Padre tiene para mí en el Cielo, que le di los mejores cuatro años de su vida, que fue feliz. Son argumentos que entiendo y comparto, pero de todas maneras la pena se me sale por los ojos. Ya lo extraño mucho.

Agradezco a Dios haberlo puesto en mi camino. Siempre le dije que era un regalito del cielo. Me quedan sus recuerdos, alegres y graciosos la mayor parte de ellos. Esperaré a que pase el duelo para poder disfrutar mejor de ellos.

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